1997 * 2017   #20 Aniversario

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ÉTICA MEDIOAMBIENTAL

MORAL Y ECONOMÍA
Parece que no nos damos cuenta de que la Tierra posee unos recursos limitados, que la pirámide de población está aumentando los riesgos del agotamiento de dichos recursos y de que las señales son manifiestamente alarmantes. (...)

Por LUCIANO ZARZALEJO



MORAL, ECONOMÍA Y ÉTICA MEDIOAMBIENTAL

El único progreso real es el que podemos alcanzar respetando la naturaleza, asegurándonos de que no extraemos de ella más de lo que esta puede producir y que no dañamos sus leyes harmoniosas.   

LUCUIANO ZARZALEJO
 Adam Smith, considerado padre de la ciencia de la economía, no pensó por un solo momento que la producción y el progreso pudiesen dificultar, poner en riesgo, la existencia de la raza humana, haciendo peligrar incluso el entero planeta; pero él vivió en los años cincuenta del siglo diez y ocho, hace ya casi 270 años. Tampoco reflexionó, ni opinó, en sus obras, acerca de la fabricación de armas; una de las mayores, más rentables e inmorales formas de obtener ingresos, públicos y privados, además de ser la causa de tanto dolor y sufrimiento.

La visión de la evolución de Smith era similar a la de Darwin dado que, como aquel, se daba cuenta de que éramos seres sociales y que, como tales, debíamos seguir una trayectoria moral, dado que si fuésemos por ahí robando y matando correríamos el riesgo de desaparecer como especie. 

Obrando en consecuencia, mostró al mundo cómo expandir la riqueza y el poder de las naciones, ya que se daba cuenta de que la riqueza era el meollo de todo. Junto a los fisiócratas franceses, proclamó que dicha expansión podía ser llevada a cabo liberalizando los mercados y por medio del mercado libre, junto a la masiva intervención de los estados, pero sin que ello estuviese organizado desde arriba, si no desde la base.

Además, otro aspecto importante de su forma de pensar fue su declaración de la existencia de “el hombre de sistema”, en referencia a aquellos que cometen el error de pensar que pueden,  que tienen el derecho a manipular a las personas a su antojo.

Sin embargo, le siguieron años de olvido, en los que el tema de la relación entre la moral, la ética y la economía apenas interesó.

Desgraciadamente, en estos aproximadamente doscientos setenta años desde la muerte de Smith, la corrupción, el fraude y la avaricia han alcanzado niveles espectaculares, aumentando rápidamente desde la revolución industrial, haciendo empequeñecer y dejando atrás la especulación de tiempos pasados a lo largo de la historia. La prosperidad en todos los estratos de la sociedad humana, particularmente en los países ricos, pero también en las clases más pudientes de los países en vías de desarrollo y los pobres, ha alcanzado grandes niveles de bienestar, de comodidades y lujos, pero a un costo muy alto.

Aún las personas más desfavorecidas de entre los pobres, intentan alcanzar un mayor nivel de consumo: algo que a todo el mundo le parece perfectamente normal; un anhelo legítimo. 
Parece ser que nadie acepta, o muy pocos lo hacen, su estatus, su papel en la sociedad; algo que puede verse en todos los niveles sociales. Todos proclamamos que tenemos el derecho inalienable a una vida próspera, sin límites. Sin embargo, el progreso no solo es exclusivamente un tema social que  afecta directa y exclusivamente al ser humano, se no que afecta además al planeta en el que vivimos, y en consecuencia algo que revierte en todos nosotros.   
  
Parece que no nos damos cuenta de que la Tierra posee unos recursos limitados, que la pirámide de población está aumentando los riesgos del agotamiento de dichos recursos y de que las señales son manifiestamente alarmantes.
Por otra parte, nuestra forma de vida desperdicia gran cantidad de recursos y se deshace de enormes cantidades de residuos, de basura orgánica e inorgánica, teniendo en cuenta que la mayor parte de los deshechos inorgánicos son más o menos contaminantes, algunos de ellos altamente contaminantes. Sorprende ver cómo consideramos “sucio”, mal oliente, los desperdicios orgánicos provenientes de sedimentos, que frecuentemente  lo son, tales como los que proceden de las heces y de los organismos muertos en estado de descomposición, los cuales son generalmente beneficiosos para la fertilidad de la tierra, mientras que ignoramos los efectos de los químicos y de los metales pesados, tales como el plomo, en la flora y en la fauna, y ello sin hablar de los productos químicos mortales. 

Todo el mundo habla de sostenibilidad, ahora que vemos las consecuencias de nuestros actos en el pasado, que le vemos las orejas al lobo, pero el aumento de la contaminación demuestra que las medidas que tomamos para combatirla son, frecuentemente, todo menos sostenibles.

Tenemos que, y hemos tenido que, tomar medidas drásticas a fin de aliviar, por ejemplo, las consecuencias de los así llamados “accidentes” en estaciones nucleares; el estado del agua en los nacimientos de las ríos y en las fuentes, de los mares y los océanos, cuyas aguas no pueden ser bebidas, como lo eran antaño, o que nadie puede bañarse en ellas, o que de vez en cuando se hallan cubiertas de peces muertos o pájaros marinos muertos flotando en su superficie; la aparentemente imparable extinción de especies de plantas y animales; y un largo etcétera.     

Debido a dichas consecuencias, la FAO, y otras organizaciones internacionales, han promulgado serias advertencias acerca del agotamiento de la pesca, entre otros males; las cuales deberían ser tomadas muy en serio. Mientras tanto, recurrimos a la piscicultura y la hidroponía, en la esperanza de que aún seremos capaces de enmendar las cosas, como en muchos otros casos en los que la tecnología puede tener cabida.       

Además de todo lo anteriormente expuesto, damos la espalda a problemas tales como el hecho de tener que llevar mascarillas y el tráfico está restringido debido a la contaminación; cosas estas que deberíamos habérnoslas pensado antes de embarcarnos en tan costosas aventuras.  El programa de nuestra estresada vida laboral se cobra un altísimo precio en nuestra salud. Nuestro estado de ansiedad, nuestra incesante búsqueda de aquello que creemos que nos aportará la felicidad: mercancías cada vez más sofisticadas para su consumo “imprescindible”.  
Parece ser que somos incapaces de considerar, de tan siquiera ver, todos esos seres humanos que viven vidas más cortas, menos cómodas que las nuestras, pero lo suficientemente buenas como para lucir una sonrisa permanente.
El progreso ha erradicado el hambre en muchas partes del mundo, pero no en todas. Desgraciadamente, un número considerable de gente, lo suficientemente afortunados para vivir en países desarrollados, sufren de obesidad; algunos hasta el punto de morir debido a ello.

Vivimos con  tantas comodidades que muchos de nosotros llevamos una vida sedentaria, la cual es frecuentemente causa de que padezcamos problemas de salud. Las máquinas pueden realizar gran número de tareas desagradables, fatigosas, evitándonos así el trabajo físico, de lo cual nos alegramos ya que nos libramos de tener que realizar trabajos sucios, extenuantes, esclavizantes y, sobre todo, lo pueden hacer más rápido, lo que equivale a más producción en menos tiempo, ¡y nunca se cansan! Pero esto tiene sus inconvenientes: el aumento de la tasa de paro y el hecho de que tenemos que recurrir a los gimnasios o que tenemos que ir a correr, algo que puede que no nos apetezca cuando lo que queremos es quedarnos cómodamente sentados en el sofá, etc., además de la incesante reducción de los recursos naturales.

Quizá deberíamos de ayudar a las máquinas a realizar su trabajo: así sudaríamos un poco, lo cual es tan beneficioso para tonificar, fortalecer nuestros músculos. La mayoría de la gente que alcanza una edad avanzada en buen estado de salud, son campesinos que ni tan siquiera han visto un coche en su vida.
Es innegable que no podemos detener el progreso, ya que éste es consecuencia de nuestra herencia, nuestra inteligencia. Supongo que ni tan siquiera sería recomendable. Pero existe una inteligencia miope, limitada, y también existe la sabiduría, y dado que somos responsables de aquello que hacemos, debemos de pagar las consecuencias de nuestros actos. La velocidad a la que hemos progresado en los últimos siglos ha aumentado a grandes pasos, y se ha convertido en algo tentador, a la vez que delicado y sofisticado, de forma que puede hacernos cometer actos perniciosos sin ni tan siquiera darnos cuenta de ello. No tenemos más que mirar alrededor nuestro para ver lo que nos espera. Las personas más afortunadas solo ven las desastrosas consecuencias en los medios de información, mientras otros pueden verlo a su alrededor, y otros son las víctimas. Y los actos que causan estos daños en la naturaleza, la flora y la fauna, incluso en la atmósfera que respiramos, nos están explotando en la cara, y seguirán haciéndolo.     

Naturalmente, están aquellos que creen que todo esto es un alarmismo innecesario -sin duda en la esperanza de que todos continuaremos en una desaforrada carrera de consumismo-, muchos de ellos en la esperanza de que no dejemos de contribuir a su enriquecimiento personal a cualquier precio.   
El único progreso real es el que podemos alcanzar respetando la naturaleza, asegurándonos de que no extraemos de ella más de lo que esta puede producir y que no dañamos sus leyes harmoniosas.   

Está claro que la sociedad oculta estos y otros hechos con gran talento y desvergüenza, intentando hacer creer a las personas lo que no es cierto. Nadie puede negar que el progreso ha aportado innumerables ventajas, tales como el aumento de la esperanza de vida, pero debemos considerar seriamente, atentamente, si vale la pena vivir en ciertas  condiciones, y dónde comienza la falta de calidad de vida comienza y ésta comienza a hacerse insoportable, en lugar de ocultar estos hechos por medio de mercancías hermoseadas, lujosas. 
Permítanme terminar estas líneas citando al famoso poeta y filósofo indio Rabindranath Tagore: “La codicia no tienen límites de tiempos no de capacidad. Su único objetivo es el de producir y consumir. No siente lástima ni por la belleza de la naturaleza ni por los seres humanos. Está despiadadamente presente, sin la más mínima vacilación, dispuesta a aplastar la belleza y la vida”. Y yo agregaría que quitaría el adjetivo “humanos” en “los seres humanos”, ya que no respetamos ningún ser vivo.    
 

(1) La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) declaró que “la producción pesquera tuvo su máximo a principios del siglo XX. Ya después, tras un breve período de estabilización, la captura decayó un 15 por ciento entre 1950 y 1970, y desde entonces la situación continúa empeorando, señaló el presidente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza”  

(2) El   presidente de la IUCN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza ) ,Ashok Khosla, declaró que “La industria pesquera dejará de existir después de 2050 porque para entonces se agotarán todos los recursos pesqueros”. 



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