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EVOLUCIÓN * PALEOANTROPOLOGÍA----------
© Textos-fotos-videos: Merche S. Calle / Juan Enrique Gómez / Waste

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En busca de los ancestros de neandertales y Homo sapiens
La investigadora de la Universidad de Washington, Aida Gómez Robles, sorprende a la comunidad científica al retrasar en miles de años la separación de neandertales y H. sapiens
Entrevista por Juan Enrique Gómez / IDEAL y Waste Magazine
Foto: Jessica McConnell Burt
Noviembre 2013

 
 
 
 

Está considerada como una de las paleoantropólogas más brillantes de los últimos tiempos, al menos es lo que se dice en los  reducidos círculos científicos internacionales en los que se estudia la evolución humana. La granadina Aida Gómez Barrios, es la primera firmante de un trabajo que ha dado la vuelta al mundo. Una investigadora que traba en   Estados Unidos, donde forma parte del Laboratorio de Neuroanatomía Evolutiva de la George Washington University. Un centro al que llegaba tras realizar su doctorado en la UGRy formar parte del equipo de trabajo de Atapuerca. Su formación predoctoral la realizó en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (Cenieh), de Burgos. 
 

–Su trabajo ha puesto sobre la mesa que no hay ningún antecesor común para neandertales y H. sapiens.
–Supone que aún no hemos encontrado a esa población ancestral. Si pertenece a alguna especie que ya conocemos, o a otra aún por definir es algo que forma parte del interminable debate taxonómico entre paleoantropólogos. Ese debate tiene dos escuelas. La primera tiende a considerar como especies distintas a grupos de homínidos bastante reducidos que tienen una cierta cohesión en términos de cronología, geografía y morfología. La segunda indica que el número real de especies de homínidos es muy reducido y que las diferencias que vemos entre distintos fósiles se deben a la gran diversidad intraespecífica de estas especies.
–¿El registro fósil no ofrece información suficiente?
–En realidad la información es muy limitada, es por lo que el debate del que hablábamos parece no tener solución, y está tan enquistado porque intervienen muchos factores que no son estrictamente científicos. Primero porque nos resulta inevitable sobredimensionar todo lo que tiene que ver con nuestra propia especie y nuestros orígenes. Y segundo, porque todo lo que se relaciona con la evolución humana toca una serie de fibras a nivel mediático, social, religioso, económico, etcétera, que sesgan irremediablemente estos debates con criterios muchas veces no científicos. 

–También se elimina la aparente ‘juventud’ de los neandertales ¿Realmente este dato cambia parte de la investigación paleontológica?
–Lo que cambia nuestro trabajo es la relación entre los datos paleontológicos y los moleculares. Los estudios de ADN tienden a datar la divergencia entre Neandertales y humanos modernos (nuestra especie) en 350.000-400.000 años, aunque con rangos de error muy amplios, que pueden ir desde más de 800.000 años en algunos cálculos a menos de 200.000 en otros. También sabemos que hay fósiles más antiguos de 350.000 años en Europa que tienen afinidades muy claras con los Neandertales (por ejemplo, los de la Sima de los Huesos, en Atapuerca). Otros fósiles como los de la Gran Dolina, con una antigüedad cercana al millón de años, tienen algunos caracteres que sólo se observan en los Neandertales, lo que nos lleva a pensar que esos homínidos están situados ya al inicio del linaje neandertal. Sin embargo, como los análisis de ADN arrojan una fecha más moderna, algunos paleoantropólogos han apoyado esas fechas más recientes, bien ignorando las afinidades que vemos en el registro fósil o bien reconociendo que esa discrepancia está ahí, pero sin ofrecer ninguna explicación que pueda conciliar esas diferencias. 

–¿Es cierto que los restos europeos parecen más cercanos a los neandertales que los de otros lugares, al menos los de un millón de años?
–Sí, nuestros resultados implican que hay que estudiar en más detalle los fósiles de esa antigüedad, lo que no es sencillo porque no existen muchos homínidos de esa época en el registro fósil. Otro punto importante es que nuestro estudio se basa sólo en la evidencia dental, y también sería fundamental explorar otro tipo de evidencias (craneal, mandibular, postcraneal…). Sabemos que no todos los rasgos evolucionan a la misma velocidad, ni obedecen a las mismas presiones selectivas. Por eso es importante tener una visión más global y entender cuál es el patrón evolutivo de estas poblaciones como organismos completos y complejos, no sólo como un conjunto de dientes, o como un cráneo, o como un húmero. En este sentido, la perspectiva de nuestro artículo, como la de la mayoría de estudios paleoantropológicos, es innegablemente reducionista. Por eso, nuestro trabajo no pretende resolver todo el problema de la evolución humana ni del ancestro común de los neandertales y de Homo sapiens, sino ofrecer una herramienta metodológica que pueda ser útil para que otros investigadores puedan seguir construyendo.

–De la Universidad de Granada a Atapuerca y después a Washington ¿Supongo que es el fruto de un reconocimiento científico nada fácil de conseguir?
–Pienso que cualquier logro profesional es siempre fruto del trabajo, pero también de atreverse a explorar opciones que en principio parecen poco evidentes. Al acabar mi carrera sabía que quería especializarme en evolución humana y el grupo que trabajaba en Atapuerca era ideal para conseguirlo. Así que decidí contactar con ellos, supongo que con el convencimiento de que tenía mucho que ganar y nada que perder. Después de insistir y de intentar varias vías distintas (incluyendo una vía más oficial mediante las becas de Introducción a la Investigación que otorgaba el CSIC), conseguí comenzar a trabajar con ellos. Una vez allí, enganchar la primera excavación con la beca del CSIC y luego con mi proyecto de tesis fue bastante más sencillo. Respecto a Washington, una vez que uno está metido en el mundo de la investigación, moverse a otros sitios resulta relativamente fácil. Es más, normalmente es necesario.

–¿Cómo logra una investigadora joven  encajar en un sector científico con grandes ‘gurús’?
–El mundo de la investigación es en general muy competitivo en el que la gente es ambiciosa (lo que no tiene que ser necesariamente negativo), y creo que la Paleoantropología no es distinta en eso. Además, creo que es una realidad innegable que una gran parte de la investigación suele recaer sobre las espaldas de los estudiantes de doctorado y de los investigadores postdoctorales, que son por definición investigadores jóvenes, mientras que los investigadores más ‘senior’ suelen tener que dedicar muchísimo tiempo a otras actividades (gestión, coordinación, docencia, divulgación…). Esto significa que ser un investigador joven no es ninguna rareza, y no creo que suponga ningún problema a la hora de encajar en la mayoría de los ambientes científicos.

–¿Cómo se siente al ser el primer firmante de un trabajo en el que se encuentran como coautores nombres como Bermúdez de Castro, Carbonell y Arsuaga?
–Durante los últimos años hemos publicado varios artículos juntos, y éste es sólo uno más dentro de esta línea de trabajo. Por supuesto, estoy agradecida por la oportunidad que tuve en su momento de empezar a trabajar en Atapuerca, sobre todo a José María (Bermúdez de Castro), que es la persona que confió en mí sin conocerme de nada y que me acogió en su equipo. Sin embargo, una vez dentro del circuito, las cosas funcionan de una forma bastante natural y las relaciones son las normales entre compañeros de profesión.

–¿Prefiere el trabajo de campo, las excavaciones, al de laboratorio?
–Yo suelo preferir el trabajo de laboratorio, aunque el trabajo de campo también tiene su encanto. De hecho, en el último par de años en el que no he hecho trabajo de campo, lo he echado de menos.

–Ha tenido que investigar con 13 especies de homínidos y más de un millar de muestras dentales. Aquí es donde no cuadra la imagen aventurera y bucólica del paleontólogo.
–En realidad el trabajo bucólico del paleontólogo representa sólo una parte minoritaria de la labor real. Normalmente las campañas de excavación se concentran en el verano. El resto del año se suele dedicar a hacer trabajo de laboratorio. Si contamos con que un paleontólogo medio dedique dos o tres meses al año al trabajo de campo, nos queda más de un 75% de su tiempo de investigación que se dedica a esas otras tareas que no tienen ese aire aventurero pero que son fundamentales para darle sentido al trabajo que se hace en el campo.



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Aida Gómez-Robles (Granada, 1981)
Licenciada en Biología por la Universidad de Granada (1999-2004). Desde 2001 empezó a colaborar de forma regular en el Laboratorio de Antropología Física de dicha Universidad, contando con el apoyo de diversas ayudas a la investigación como una Beca de Iniciación a la Investigación (Universidad de Granada) y una Beca de Colaboración (Ministerio de Educación y Ciencia). También exploró el ámbito de la divulgación científica mediante la realización de prácticas en el Parque de las Ciencias de Granada.

Terminada la licenciatura, se incorporó al Equipo Investigador de Atapuerca y se trasladó a Madrid para trabajar en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, primero con una Beca de Introducción a la Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y luego con una beca predoctoral del Plan Nacional de Formación del Profesorado Universitario (FPU). En 2006 se trasladó a Burgos, realizando la mayor parte de su investigación predoctoral en el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH).
Defendió su tesis doctoral sobre evolución de la forma dental en las distintas especies de homínidos en 2010, contando en la fase final con una ayuda a la investigación de la Fundación Atapuerca.

En 2011 comenzó a trabajar como investigadora postdoctoral en el Konrad Lorenz Institute for Evolution and Cognition Research (Altenberg, Austria), donde permaneció durante un año. En 2012 cambió su línea de investigación principal, centrándose en la evolución cerebral, trabajo que desarrolla en el Laboratorio de Neuroanatomía Evolutiva de la George Washington University (Washington, DC).
Ha realizado estancias breves de investigación en Francia, Alemania, Georgia, China y Estados Unidos.
Es co-autora de alrededor de una veintena de artículos científicos, publicados principalmente en las revistas Journal of Human Evolution, Evolution, Journal of Anatomy, Proceedings of the Royal Society B y Proceedings of the National Academy of Sciences USA.
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