Uno tras otro, la veintena de molinos harineros de la comarca
alhameña se han convertido en un montón de cascotes y amasijo
de hierros. De ellos apenas queda un poco de su historia en la mente de
los últimos propietarios y molineros. La excepción en Alhama
es la Fábrica de Harinas "La Purísima", propiedad de los
hermanos Castro Valladares, ejemplo de la floreciente industria de mediados
de siglo que valdría la pena conservar como museo y parte de nuestra
historia.
Hasta veintidós molinos llegaron a contabilizarse a mediados
del siglo XIX en la comarca de Alhama, repartidos entre los cinco ríos
de su partido judicial. En concreto, había dos en el río
Armas, uno en el Puerto-Blanco, tres en el Añales, dos en el Játar,
uno en el Jayena, cuatro en el Cacín, y nueve en el río Marchán
o Alhama, siete de los cuales cerca de la población y dos de ellos,
antes de reunirse con el Cacín en las inmediaciones de Moraleda
de Zafayona. Ninguno de ellos está en funcionamiento y de algunos
sólo quedan los cimientos. Son los testigos mudos de un pasado agrícola
que tuvo una floreciente industria harinera. Por formar parte de nuestra
historia más reciente merecería la pena evitar el demoledor
efecto del paso del tiempo en estas fábricas cuya energía
cinética era el agua que les llegaba, y aún les llega inútilmente,
a través de una acequia desde el paraje de la Trucha.
Si en su deambular desfaciendo entuertos don Quijote llegase al Tajo
de las Peñas de Alhama vería yertos junto al río los
cadáveres de cuatro gigantes. Para comprobar que no era otra estratagema
o fingimiento de los enemigos tendría que descender por la Ribera
de los Molinos (cuyo topónimo demostrará una vez mas que
las palabras sobreviven a las edificaciones construidas con los mejores
materiales). Y, una vez descubierta la triste realidad, junto a los escombros
de los molinos San Francisco, San Antonio, Santa Teresa y Nuestra Señora
del Carmen, derramaría una lágrima furtiva pues salvando
las distancias estos molinos le recordarían a los castellano-manchegos.
Harán falta otros quijotes para que la única fábrica
de harina de Alhama que queda en pie no siga su inexorable destino. Uno
de sus propietarios, Juan Castro, nos explica emocionado la historia de
este molino que a la postre es la historia de su familia. La fábrica
fue adquirida por su padre a los Gómez Campana hacia 1930 que anteriormente
había trabajado como molinero arrendado en el molino de Cacín
al igual que lo hizo su abuelo en el molino Mochón de Alhama. Esta
tradición fue continuada en parte por dos de los hermanos que la
compatibilizaron al principio con los estudios. En concreto, Manolo la
mantuvo en funcionamiento hasta 1972, en que "por razones de acceso, comenzó
a no ser rentable lo que unido con una trampa muy gorda terminó
por arruinar el negocio". Con ellos trabajaban el maestro Serrano, una
institución como maestro harinero, y en su opinión, "el mejor
picador de toda esta zona que realizaba la sintonía fina de la piedra".
También lo hicieron Antonio Serrato, Antoñillo "El Sereno",
Manolo Alférez y el famoso arriero, Pedro Calvo.
Arriería Cada arriero disponía de una reata de cuatro
o cinco burros que subían las empinadas cuestas cargados de dos
sacas terciadas de 50 ó 60 kilos de harina. A la vuelta regresaban
con costales llenos de trigo pues funcionaba el sistema de "maquila", consistente
en el cambio de la harina por el trigo que cada agricultor tenía
derecho a guardarse para su consumo familiar.
Si las paredes hablarán sabríamos mucho más pero
el tiempo se detuvo hace varias décadas como prueba varios calendarios
de los años 50 y 60, e incluso, el último calendario laboral
de la provincia de 1972. Juan cuenta con pasión el funcionamiento
de esta maquinaria, de cómo "la fuerza motriz del agua movía
una turbina hidraúlica que tenía una salida principal a una
turbina que hay en el sótano y a la maquinaria del piso superior
donde se realizaba todo lo que es el cernido de la harina para lo que se
cuenta con un plansichters, un sasor y un torno de salvado. La planta intermedia
se divide en dos secciones, la de lavado y limpia del trigo seco que se
vertía en el trambullón de la entrada y la zona propiamente
dicho de molinos, donde se trituraba el grano. Junto a la báscula
de la entrada está la empacadora donde se realizaba el envasado
y pesaje de la harina.
El sistema de esta fábrica data de mediados de siglo y procede
de la fábrica alicantina de Francés y Berenguer. Su capacidad
de producción o "metros trabajantes" era de 1,75 metros, por lo
que para superar las inspecciones del Servicio Nacional del Trigo y Fiscalía
fue necesario cortar las longitudes de los cilindros. Su potencia de instalación
permitía moler diariamente de cinco a seis mil kilos, aunque no
solía superar los tres mil por cuestiones legales. Junto con los
otros molinos llenaba de vida esta zona de Alhama a la que se acercaban
también los arrieros malagueños con sus "vituallas" (productos
de la costa) y se llevaban una carga de "afrecho" (salvado) o harina.
Juan reconoce que "industrialmente no tiene ninguna utilidad pese a
que podría ponerse en funcionamiento con facilidad, ahora bien turísticamente
o como museo podría ser un gran atractivo, siempre y cuando esta
zona se convirtiera en parte de una ruta turística o se estableciese
en las cercanías algún restaurante o residencia rural".
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