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| Los gatos salvajes |
Cristian Frers.
Buenos Aires. Argentina.
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Son muy parecidos a los gatos domésticos,
pero son salvajes como sus parientes mayores los pumas, tigres y
leones. Se esta hablando de unos gatos especiales, los gatos salvajes que
forman parte de casi todas las regiones argentinas.
Estos animales son ágiles y cautelosos,
temidos en la defensa, muy diestros para atrapar a sus presas, temidos
por la mayoría de los animales y perseguidos hasta el cansancio
por su peor enemigo... El Homo sapiens.
El gato del pajonal, el ocelote, el gato pintado,
el chiví, el gato andino y el yaguarundí, son las especies
que, con su marcha silencio, tanto que parecen fantasmas y sus ojos fosforescentes,
ponen una nota especial en las noches del monte o las montañas,
haciéndose acreedores de un carácter sobrenatural que les
da las leyendas y supersticiones.
Estos pequeños felinos tienen considerable
participación en la mitología indígena de los pueblos
de la Argentina. En la mayoría de los pueblos cazadores chaquenses
se cree en la existencia de un Padre de cada especie animal, ser mítico
que protege a sus hijos. Los Tobas dicen que le Padre del Yaguarundí
es un hombre muy blanco, que vive oculto en una cueva y que antiguamente
celebró un tratado con los Padres de las distintas especies de lechuzas
a fin de no enfrentarse por lograr las mismas presas. Así como los
Matacos considerar que Tsilahaís, el Dueño del Gato Montés,
es quien cría a estos animales. Curiosamente el Gato Montés,
aparece como el maestro del tigre o yaguareté. El asunto tiene algo
que ver con el primer fuego no compartido.
Sucedía que el tigre -único y celoso
poseedor del fuego- nunca cazaba. Aprovechando su valiosa posesión,
se hacía aprovisionar de carne y pescado por quienes no querían
comer su comida cruda: a cambio de poder meter un asador o una olla en
la hoguera del yaguareté, tenían que cazar o pescar para
él.
Finalmente le robaron unas brasas y lograron
su propio fuego, que fue repartido entre todos, y ya nadie necesitó
del yaguareté. Como no sabía conseguir su propio alimento,
el tigre comenzó a enflaquecer. Estaba tan flaco que se acerco a
la muerte. El gato montés se apiadó de él, llevándolo
consigo para enseñarle a cazar. Al principio hizo que lo acompañara
en sus expediciones así podía observarlo cazar y le entregaba
sus presas para que recuperada las fuerzas perdidas. Al cabo de unos diez
días el alumno, el yaguareté, estaba tan vigorosos que podía
bastarse por sí mismo.
Estos gatitos poseen el cuerpo alargado, musculoso
y compacto, con el pelo suave y lanoso. El pelaje es vistoso, casi siempre
manchado o rachado, el colorido, la forma y la distribución de las
manchas determinan grandes diferencias entre las especies. Mantenido siempre
lustroso por las frecuentes limpiezas con la lengua y las garras. Los miembros
son cortos. Las patas delanteras tienen cinco dedos y las traseras cuatro;
excepto las almohadillas plantales, las patas son peludas y esto ayuda
para su caminar silencioso. Todos ubican sus pies traseros en la pisada
de los delanteros. Los dedos terminan en fuertes y uñas curvas o
garras retráctiles, quedando alojadas en una profunda hendidura
de los tegumentos cuando el animal camina. Son los más carniceros
entre los carnívoros. Tienen la cabeza corta y redondeada con anchos
zigomáticos que se relacionan con los poderosos músculos
de la masticación. Poseen ojos cuyas pupilas se contraen verticalmente
y sus orejas pueden ser redondeadas o puntiagudas. En su gran mayoría
son animales solitarios, o a lo sumo viven en grupos familiares. Las crías
nacen poco desarrolladas y con los ojos cerrados.
Foto yaguareté ( mas información
en http://www.jaguares.com.ar/)
Todos los félidos neotropicales están
presentes en la Argentina: el gato de pajonal (Felis colocolo), el gato
montés (Felis geoffroyi), el guiña (Felis guigna), el gato
andino (Felis jacobita), el yaguarundí (Felis yagouaroundi), el
margay o gato tigre (Felis wiedii), el chiví o gato tigre chico
(Felis tigrina), el gato onza u ocelote (Felis pardalis), el yaguareté
(Felis onca) y el puma (Felis concolor).
Gato andino (Felis jacobita)
Es un gato grande de un largo total que oscila
entre los 90 y los 112 cm, de los cuales corresponde a la cola unos 42
a 48 cm. Posee un pelaje muy largo, especialmente en la región dorsal
y un diseño característico formado por manchas de color café
o rojizo con forma variable de fajas, estrías o puntos sobre un
fondo plomizo o grisáceo. A veces posee un aspecto atigrado con
fajas verticales paralelas que bajan del dorso a los flancos. La cola es
fajada con siete o nueve anillos oscuros que se ensanchan hacia la punta
que es blanca, igual que la parte ventral, salpicado por pintas negras,
la parte interna de las pata, las mejillas, los labios y la zona periocular.
El cráneo es corto y ancho, a diferencia del gato del pajonal (Felis
colocolo) con la parte superior menos convexa y los arcos zigomáticos
no tan salientes. Por sus particulares craneales y la textura y el diseño
del pelaje bastante atípico entre los gatos salvajes sudamericanos,
se lo ha considerado en un subgénero (o género) diferente,
del cual es único representante: Oreailurus. Habita zonas de alta
montaña en la Puna y la alta cordillera, incluso el macizo del Anconquija,
siempre por encima de los 1.000 metros y se supone que llega hasta los
5.000 metros sobre el nivel del mar.
Este animal misterioso y confundido muchas veces
con el gato del pajonal, recién últimamente ha comenzado
a correrse el velo de intriga que rodea sus costumbres. Si bien tiene una
amplia distribución no parece común en ninguna parte y no
se puede asegurar su presencia. En la Argentina parecería estar
garantizada su subsistencia en las Reservas Provinciales de San Guillermo
(San Juan), Laguna Brava (La Rioja), Laguna Blanca (Catamarca) y Los Andes
(Salta) que totalizan una superficie protegida discontinua de más
de 2.000.000 de hectáreas con hábitats apropiados para la
especie. No obstante esta presunción necesita una urgente confirmación.
Si bien no se sabe de prendas confeccionadas
con su piel, debido a su rareza y escacez que no permite contar con las
pieles suficientes para su confección, no es inapropiado para tal
fin. Sin embargo no cuenta con una gran demanda para este fin y lo ayuda
también el relativo despoblamiento actual de las zonas que frecuenta,
antaño recorridas por los arrieros que llevaban ganado a Chile y
numerosos cazadores de vicuñas y chinchilleros que habrían
ocasionado bajas importantes a las poblaciones de este gato nunca evaluadas.
Gato Margay (Felis wiedii)
Este gato silvestre con aspecto de gato onza (Felis
pardalis) pequeño, pero con el rinario negro, no rosado bordeado
de negro como en aquél y con la cola proporcionalmente más
larga que ocupa del 35 al 45% del largo total del animal que varía
de los 90 cm. A 1.20 mts. El animal presenta en vida un aspecto algo más
orejudo y con órbitas más grandes que el gato tigre chico
(Felis tigrina), del que se distingue también por su coloración,
su color de fondo es más amarillento y las manchas forman ocelas
con bordes negros y centro parduzco o café más o menos alineadas
en el dorso y en los flancos. Las orejas son redondeadas negras por afuera
con un lunar blanco. Este blanco reaparece en el mentón y la zona
periocular y se extiende por la zona ventral como un blancuzco o blanco
sucio. El pelaje parece mas tupido que en el gato tigre chico lo que se
nota muy bien en la cola que por esa razón parece más gruesa.
Habita selvas húmedas en la zona paranaense o misionera y en las
yungas. Sus menciones chaqueñas son dudosas y requieren confirmación.
Si bien la transformación ambiental por
quemas y desmontes lo afecta, mientras queden selvas vestigiales o capueras
donde refugiarse y alimentarse el margay subsiste sin inconvenientes.
Hasta 1961 su piel no tenía mayor valor comercial, ya que a pesar
de su hermoso diseño, la coloración de fondo amarillo-patito
de muchos ejemplares resultaba muy llamativa para los gustos de las damas
que adquirían este tipo de tapados. No obstante esto ha cambiado
y hoy es habitual su captura con fines peleteros y principalmente con trampas-cepo
ubicadas cerca de los gallineros.
Gato yaguarundí (Felis yagouaroundi)
Este gato de aspecto particular con la cabeza
achatada, las orejas pequeñas, las patas proporcionalmente cortas
en comparación al cuerpo alargado y la cola que alcanza el 40% del
largo total que oscila entre los 90 cm. Y más de un metro. Todo
esto le da un curioso aspecto de mustélido que lo hace parecer más
a un hurón grande que aún gato. Ayuda a esta impresión
su manera de caminar con la cabeza un tanto gacha, la parte posterior del
cuerpo más elevada y la cola cerca del suelo. Su pelaje es uniforme
predominando más ejemplares pardos grisáceos o moros (de
allí su nombre de gato moro), aunque pueden aparecer en la misma
camada otros leonados o rojizos, sin faltar los enteramente negros. Sus
diferencias generales y las craneanas tan particulares, justificarían
su distinción genérica. En Argentina si distinguen dos subespecies:
Felis yagouaroundí eyra y Felis yagouaroundí amaghinoi, cuya
diferenciación se basa exclusivamente en un distinto matiz de pelo
más apagado en cualquier de sus dos fases: mora o roja. La subespecie
Felis yagouaroundí eyra habita zonas selváticas del noreste
argentino, incluso pajonales, selvas en galería, espinales y bosques
chaqueños, en tanto que el Felis yagouaroundí ameghinoi poblaría
el Chaco occidental y serrano, la zona del monte con jarillales y retamales
y el caldenal pampeano.
Es el más resistente de los gatos salvajes
sudamericanos. Subsiste donde los otros ya han desaparecido. A pesar de
ello, la destrucción y quema de sus refugios no lo favorecen en
nada. De allí que en la Provincia de Córdoba se lo considere
en marcado retroceso numérico. Su piel no tiene demanda y por lo
general directamente al caer en los cepos dispuestos para sus parientes
manchados, que no reconocen el diseño ni la coloración del
pelaje, se los mata a golpes para liberar la trampa o bien se lo suelta
con la pata quebrada o lastimada. Rara vez el trampeador se toma el trabajo
de cuerearlo. También se los elimina cuando se ceban con gallinas
u otras aves de corral. La evaluación del trampeo no ha sido evaluada,
al igual que el tráfico encubierto de su piel como otras pieles
al ser difícil de determinar por los aduaneros o inspectores.
Los gatos salvajes han sido y son muy perseguidos
en la Argentina a pesar de la existencia de una ley que los protege. Unas
más que otras, todas las especies parecen haber reducido su población
a manos de cazadores que proveen a la industria peletera.
El gato del pajonal merced a que vive en regiones
muy pobladas, va siendo desplazado de su hábitat natural y en muchas
zonas fue eliminado totalmente como en la Provincia de Buenos Aires y en
la Provincia de Santa Fe.
Las pieles más codiciadas son las del
ocelote y el gato montés, con las que se originan tapados y quillangos.
El chiví, el margay y el ocelote están catalogados como especies
vulnerables, en camino de pasar a ser directamente amenazadas de extinción.
El gato andino esta considerada como especie rara. El yaguarundí,
aunque perseguido por su costumbre de cazar gallinas, gracias a su pelaje
poco llamativo y a su desarrollada agresividad parece estar ampliando sus
dominios.
La caza indiscriminada de estos félidos,
guiada por la búsqueda de un beneficio comercial, indudablemente
redunda en perjuicio para los seres humanos. Los gatos salvajes, desde
el punto de vista de la ecología, son eslabones finales de muchas
cadenas alimentarias y su supresión significaría la proliferación
de roedores y aves destructoras de la agricultura.
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