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| Un verano de 10.000 años |
El cambio climático
al que parece abocado el planeta es uno más de los registrados desde
el final de la última glaciación, pero el primero provocado
por la actividad humana
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Por Alfonso Gámez / Ideal /
febrero 2007
EL último invierno planetario fue muy
crudo. Duró unos 60.000 años y, en su época más
fría, entre hace 24.000 y 18.000 años, un tercio de todas
las tierras emergidas se encontraba bajo el hielo. El ser humano no ha
vuelto a vivir en un mundo tan frío. Las islas Británicas
estaban cubiertas por una capa de hielo de 1,5 kilómetros de espesor,
que alcanzaba los 3 kilómetros sobre Escandinavia. El nivel del
mar estaba 150 metros por debajo del actual, y las temperaturas medias
eran, en la cuenca mediterránea, 10º C más bajas.
«La línea de hielo permanente se
situaba en torno a los 50º de latitud Norte», ilustra Jesús
Emilio González Urquijo, prehistoriador de la Universidad de Cantabria.
Podía irse andando sobre el Atlántico Norte congelado desde
Europa hasta Norteamérica, aunque no hay constancia de que ningún
europeo lo hiciera. Hacía tiempo que habían desaparecido
los neandertales y, en el Viejo Continente, sólo vivían los
'Homo sapiens'. «Nuestros antepasados abandonaron algunas regiones,
pero en otras se adaptaron. Usaban el fuego y las pieles para calentarse,
y cazaban lo que podían», explica el arqueólogo. Al
norte de la Península Ibérica, entraban en su dieta renos,
rinocerontes lanudos y mamuts, animales de ecosistemas fríos.
El último cambio brusco - 11º
C de subida en 40 años
En las zonas central y occidental del continente,
no quedó nadie. Los clanes que vivían en esas regiones emigraron
hacia el Sur, siguiendo a los animales de los que se alimentaban. Muchos
se refugiaron en la cornisa cantábrica, el norte de Italia y la
actual Ucrania. Allí sobrevivieron a la espera de unos tiempos mejores
que llegaron de repente hace unos 10.000 años. «La temperatura
subió en Groenlandia 11º C en 40 años», explica
Antoni Rossell, del Instituto de Ciencias y Tecnologías Ambientales
de la Universidad Autónoma de Barcelona. Entonces, parte de los
refugiados en el Cantábrico repoblaron Europa Occidental, mientras
que algunos de sus contemporáneos de Ucrania se expandieron por
el centro del continente, según revela el cromosoma Y, el masculino,
de los europeos actuales.
Rossell es paleoclimatólogo. Estudia la
evolución del clima antes de los registros instrumentales, que únicamente
cubren los últimos 150 de los 4.600 millones de años que
tiene nuestro planeta. Sus 'termómetros' son los anillos de los
árboles, los sedimentos depositados en el fondo de los lagos y del
mar, con los restos de los organismos que puedan conservar, el hielo antártico...
«Nos sirve cualquier cosa que podamos medir y observar a través
del microscopio». El hombre del siglo XX puede, así, saber
cómo era el clima en tiempos de los dinosaurios y mucho antes.
«Hace 1.000 millones de años, la
Tierra era una bola de hielo. Y, hace 50 millones de años, no había
ni polos. Ahora, estamos en una época relativamente fría
y, dentro de ella, en un periodo interglaciar que tampoco es el más
cálido del que tenemos noticia», explica Rossell. En los años
60 del siglo pasado, lo que preocupaba a la comunidad científica
no era un calentamiento global, sino un enfriamiento por una glaciación
que tarde o temprano tenía que llegar.
La historia de la Tierra es una sucesión
de periodos fríos y cálidos, en ciclos de 23.0000, 41.000
y 100.000 años, debidos a cambios periódicos en el eje de
rotación del planeta y en su órbita alrededor del Sol. Ahora,
por primera vez, la actividad humana puede estar contribuyendo a que el
clima cambie. No en vano, las 360 partes por millón (ppm) de CO2
que hoy hay en la atmósfera superan ampliamente las concentraciones
de los periodos más fríos (200 ppm) y más cálidos
(280 ppm) de los últimos 740.000 años. «Suponen el
mismo incremento que se da entre épocas interglaciares y glaciares,
cuando el clima cambia de manera brutal», advierte Rossell.
El control de la naturaleza. Clima y agricultura
El último cambio de ese tipo fue para
bien. Marcó hace 10.000 años el final de la glaciación
Würm y de las penurias de las tribus euroasiáticas de cazadores
recolectores, al coincidir en el tiempo con el nacimiento de la agricultura
en Oriente Próximo. En opinión del prehistoriador Gordon
Childe (1892-1957), la desertización que provocó en la región
el cambio climático llevó al ser humano y a los animales
a verse obligados a convivir en los oasis, y de esa convivencia forzosa
surgió la domesticación de animales y plantas. Después,
la agricultura y la ganadería se expandieron al resto del mundo.
Childe era difusionista. Creía que las
innovaciones se daban sólo una vez en la Historia, en un lugar desde
el que luego se irradiaban. Hoy se sabe que la domesticación de
animales y plantas no surgió, sin embargo, una vez, sino varias:
en Mesopotamia, Mesoamérica, América del Sur y el Sudeste
Asiático, al menos.
La 'hipótesis climática' para explicar
los primeros cultivos de Oriente Próximo tampoco satisface a los
prehistoriadores actuales. «El origen de la agricultura arranca dos
milenios antes del cambio climático, con cazadores recolectores
que siegan los cereales sin domesticarlos», explica González
Urquijo. La agricultura es producto de un largo proceso que comienza bastante
antes del final de la última Edad del Hielo.
Bill Ruddiman, profesor emérito de Ciencias
Ambientales de la Universidad de Virginia, sostiene que el hombre empezó
a influir sobre el clima hace ya 8.000 años, con el comienzo de
la deforestación masiva para liberar suelo cultivable. Ruddiman
afirma que entonces dio inicio el Antropoceno, nueva época del Cuaternario
que se caracterizaría por las grandes consecuencias ecológicas
de la actividad humana. «Me es muy difícil pensar que el impacto
climático haya sido notable desde ese momento, cuando la capacidad
tecnológica de influir en el medio era muy baja», argumenta
González Urquijo. La mayoría de los científicos fecha
el inicio del Antropoceno a finales del XVIII, con la invención
de la máquina de vapor, la industrialización y el inicio
de la emisión masiva de gases de efecto invernadero.
Calor y frio medievales.
Tragedia vikinga en Groenlandia
El clima no ha dejado de cambiar desde el final
de la última glaciación. Las dos fluctuaciones recientes
más destacadas se conocen como el Óptimo Medieval y la Pequeña
Edad del Hielo. Se dieron entre 700 y mediados del siglo XIX, y se consideran
relacionadas con variaciones en la luminosidad solar. Durante el Óptimo
Medieval, que se prolonga seis siglos, las temperaturas ascienden en el
hemisferio Norte hasta el punto de que la vid llega a cultivarse en el
sur de Inglaterra. Es cuando Erik el Rojo, un vikingo que huye de Islandia
tras cometer un asesinato, desembarca en una isla al otro lado del Atlántico
en 982 y la bautiza como Groenlandia (tierra verde). En realidad, el verdor
se limita a dos zonas del suroeste en las que funda asentamientos; el resto
de la isla está helada.
Hacia 1300, un enfriamiento climático
marca el inicio de la Pequeña Edad del Hielo y se ceba en los habitantes
de la colonia vikinga, que en su época de esplendor había
llegado a estar ocupada por 5.000 personas. Los primeros europeos en pisar
América son incapaces de adaptarse a las nuevas condiciones y aguantar
el acoso de los esquimales. Acaban extinguiéndose. «El de
los vikingos de Groenlandia es un caso extremo, muy trágico»,
dice Juan José Larrea, medievalista de la Universidad del País
Vasco. Para él, si se exceptúa ese caso, en la Edad Media
el clima no pone al hombre entre la espada y la pared. «Es un factor
más que agrava los efectos de la crisis estructural del sistema
feudal, de la que nacerán las monarquías absolutas».
El feudalismo cae, se pierden cosechas por el
frío y estalla la peste de 1347-48, que mata a 25 millones de personas
en Europa. Diezma un continente cuya población se había,
al menos, triplicado desde el año 1000. «La peste negra llega
por casualidad y no hay nada que hacer contra el virus, aunque estés
bien alimentado», argumenta Larrea. Pronto, los europeos se recuperan
de las hambrunas, la crisis feudal y la peste, y se expanden por América.
El periodo más crudo de la Pequeña
Edad del Hielo -que acabó a mediados del XIX- se registra entre
1645 y 1715. Es lo que se conoce como el Mínimo de Maunder, al final
del cual Amati, Guarneri y Stradivarius construyen sus preciados violines.
Científicos estadounidenses apuntaron en 2004 la posibilidad de
que, a la maestría de los grandes 'luthiers' de la época,
se unieran las características especiales de la madera de árboles
que crecieron en ese periodo tan frío, lo que «marcó,
quizá, la diferencia en el tono y brillantez de los instrumentos»,
argumentaban el climatólogo Lloyd Burckle y el dendocronólogo
Henry Grissino-Mayer en la revista 'Dendrochronologia'.
A diferencia de las fluctuaciones climáticas
medievales, la actual no es de origen sólo natural. El último
informe Grupo Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC) asegura
que se debe a la actividad humana, a los gases de efecto invernadero echados
a la atmósfera desde el inicio de la Revolución Industrial.
Rossell recuerda que, a un cambio climático, sobreviven todos los
que pueden moverse, que el caso vikingo es una excepción. «La
mayoría de los seres vivos se adapta. Otra cosa es que no nos gusten
los cambios cuando lo tenemos todo bien montado».
Los desastres
por el calentamiento climático causado por el hombre son irreversibles
El
grupo de expertos de la ONU prevé que la temperatura suba entre
1,8 y 4 grados, y vaticina olas de calor, deshielo y lluvias torrenciales
El informe publicado en París dibuja un planeta en peligro
El cambio climático
podría ser «drástico» y «violento»
El
aumento de CO2 amenaza con provocar una situación similar que se
vivió hace más de 200 millones de años
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