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| Antartida, vivir en el último
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Los científicos
en las bases españolas del polo sur
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ANTARTIDA, VIVIR EN EL
ULTIMO SUR
Los científicos en las bases españolas
del polo sur
Isla Livingston - Shetlands del Sur (COLPISA,
Arantza Prádanos) - IDEAL
"Betanzos, 12.697 kilómetros. Úbeda,
12.060. Bilbao, 12.700. Santa Coloma de Gramanet, 12.877".
Científicos descubren
15 nuevas especies en zona antártica afectada deshielo
El deshielo de la Antártida
se acelera
El turismo amenaza la Antártida
Premio Príncipe de Asturias
de Cooperación Internacional
Más de 230 especies
marinas habitan en el Ártico y en aguas antárticas
La placa antártica
de Wilkins, en desintegración
La Antártida
también tiene fiebre
Como en un cruce de caminos, un poste de direcciones
señala la distancia que media entre esta remota isla, pórtico
de la Antártida, y el terruño de quienes han recalado en
sus playas en los trece años de presencia española en el
continente blanco. Es el recordatorio de lo que queda allá lejos,
a dos días de navegación por las aguas más puñeteras
del planeta y dieciséis horas de vuelo -si hay suerte e Iberia no
perpetra de las suyas.
Los componentes de la base Juan Carlos
I, la pionera de las instalaciones polares españolas, ya ni prestan
atención al kilometraje que les separa de casa. Sus tres meses de
trabajo, o la mitad en función de los proyectos, son demasiado valiosos
para enredarse en nostalgias. Les pueden preocupaciones más inmediatas,
como si el tiempo, cambiante y traicionero a menos de tres grados latitud
sur del círculo polar antártico, les permitirá salir
a escrutar los misterios del laberinto de glaciares que es Isla Livingston.
A finales de febrero, en los estertores
del verano austral, la temperatura aún es buena; cero grados, agradables
incluso con la indumentaria adecuada. El problema llega con el viento,
que puede hacer caer la sensación térmica hasta los 20 bajo
cero antes siquiera de saber por dónde sopla.
"Aquí, al cabo del día puedes
tener las cuatro estaciones, incluso varias veces en veinticuatro horas;
llueve, hace viento, se abren claros de sol, nieva...". Jordi Sorribas,
jefe de la base, recibe como anfitrión a quienes desembarcan a bordo
de las zodiacs del 'Hespérides' en playa Pepita -en honor de Josefina
Castellví, una de las 'madres' del proyecto antártico español-
y se esfuerza por arrancar unos minutos a la rebatiña en la que
están inmersos a los 17 integrantes de la base. Quedan apenas tres
jornadas para echar el cierre oficial a las instalaciones, que dormirán
vacías durante el largo invierno polar hasta su reapertura en diciembre,
para la decimocuarta campaña.
Lo recogen todo, salvo el instrumental necesario
para la captación automática de datos meteorológicos
y sísmicos durante la invernada austral. Alimentarán
los aparatos, como silenciosos guardianes, las 'joyas' de la base, las
placas fotovoltaicas que exprimen al límite los raquíticos
rayos del sol antártico. La otra apuesta por las energías
renovables y limpias, marca de la casa en las dos bases españolas,
cayó fulminada en febrero. Días después de su instalación,
dos de los tres generadores eólicos sucumbieron al manotazo de los
vientos de 120 kilómetros por hora habituales de la zona.
Así es la Antártida: el imperio
del viento y el hielo. Uno proyecta, dispone, organiza y luego mira al
cielo cambiante a cada minuto, a la imprecisa línea
blanca del horizonte, al mar, para tratar de adivinar cuándo
y de dónde llegará el siguiente embate de la naturaleza.
En esas situaciones en las que sólo cabe
refugiarse en 100 metros cuadrados y esperar, el límite de la convivencia
se estrecha
y el espacio individual no existe. Y pueden aflorar
tensiones. "Sí, a veces pasa. Siempre hay un día en que uno
está con el paso cambiado y, ¿qué haces entonces,
pegar gritos a los mismos que vas a tener que estar viendo cada día
durante semanas?", inquiere la informática Raquel Boza, una de las
dos mujeres de la base.
Residuos
En la mudanza anual lo de menos son los propios
equipajes; lo de más, la cuidadosa devolución a la civilización
de los restos orgánicos e inorgánicos de la presencia humana,
proscritos por el Tratado Antártico.
"Sí, al final de la campaña
nos llevamos también de vuelta en los barcos todos los residuos
orgánicos que han resistido el sistema de depuración y la
triple fosa séptica" dice Poll. El mismo celo por borrar la huella
humana lleva a los investigadores del proyecto GEORADAR a cargar con envases
para sus propios excrementos los días que pasan fuera de la base
midiendo la deriva de los glaciares de la isla. "Es que aquí
el frío y el hielo hace que ni siquiera la materia orgánica
se descomponga", aclara.
Poll oficia como jefe de motores, de mantenimiento
-"jefe de policía", bromea- y encargado de la estafeta de correos
de la base, después de toda una vida dedicado a la marina mercante.
Veterano de las trece campañas antárticas españolas,
contempla ahora con escepticismo el cambio de orientación en la
gestión de la base, en la que el personal investigador es minoritario
-cinco en el último tramo de la campaña- y hay un predominio
claro del cuadro técnico y logístico.
Ajeno al punto de fricción
que planea en las dos últimas campañas, Arturo Gallo,
el imponente cocinero bilbaíno, hace recuento de los excedentes,
separa las conservas de lo perecedero -que acabará en las cocinas
del buque 'Las Palmas'- y hace maravillas con lo que va quedando. "No sé,
habremos traído unas tres toneladas de comida a principio
de campaña". Más vale que sobre para casos de necesidad
en los que no puedan ser asistidos por los dos buques de apoyo logístico.
Además, siempre están los invitados.
Pese al aislamiento y a la testimonial presencia humana, los 'antárticos'
mantienen también cierta vida social. El vecindario es importante
en el fin del mundo y los españoles intercambian hospitalidad
y visitas con los vecinos búlgaros de la base San Clemente Ordhisky.
Cada base pone a disposición de las demás los medios con
que cuenta: los búlgaros -a una hora a pie de la Juan Carlos I-
aportan médico, y el equipo antártico español les
asiste en la apertura y el cierre de sus instalaciones y el traslado de
su personal hasta Ushuaia (Argentina).
Fuera del acogedor módulo de habitabilidad,
Isla Livingston, la segunda mayor de las Shetland del Sur -a 100 kilómetros
del continente helado y a unos 1.000 al sureste de Cabo de Hornos- despliega
todo su poderío. El panorama desde el mirador de Bahía
Falsa corta el aliento. Glaciares que se despeñan en el mar, escombros
de hielo flotante que se compactan o disgregan a capricho de las corrientes
y crepitan al liberar burbujas de oxígeno centenario, y témpanos
de hielo azul sobre los que dormitan inquietantes focas leopardo.
Bases modernas
Las bases estivales españolas son modestas
-"bien dimensionadas", precisan responsables del programa antártico
español. Nada que ver con mastondontes como la McMurdo
americana,
en el continente, que en hora punta ha
llegado a congregar a 4.000 personas, o la argentina Esperanza, con
iglesia, escuela, emisora de radio y museo local para las familias de los
militares que viven todo el año y sostienen la bandera de la reivindicación
territorial sobre la Antártida.
Son, eso sí, efectivas y modernas. Sobre
todo la Gabriel de Castilla, que este año ha entrado en primera
división tras una completa remodelación. A punto de regresar
a casa, al equipo de Luis Oraá, el comandante de la base,
se le ve exhausto pero satisfecho. Enseñan con orgullo las nuevas
instalaciones y el "saloncito crema" del módulo de vivienda, coqueto
y funcional, con una panorámica privilegiada sobre la bahía
de Isla Decepción; en realidad el cráter inundado de un volcán
inquietantemente activo.
Allí se refugian los 14 integrantes
- diez militares y cuatro científicos- de esta base del Ejército
de Tierra cuando fuera la ventisca convierte en proyectiles las partículas
de piroclasto que delatan la identidad volcánica de esta isla negra
y fascinante.
A dos horas de navegación
de Livingston, comparten preocupación medioambiental con la
Juan Carlos I. Como a sus compañeros civiles, les marcan la vida
cuestiones como preservar de la congelación el circuito de agua
corriente o ir al baño. Cada vez que alguien visita el inodoro
mete el papel higiénico en una bolsita de plástico
que luego va a la basura que se llevan de vuelta. "Es incómodo pero
te acostumbras", sonríe el teniente Lucio Hernández, jefe
del equipo de instalaciones y cerebro de la remodelación. "Luego
está por ver qué hacen con toda esa basura clasificada en
Ushuaia, pero nosotros cumplimos con lo que manda el tratado", que protege
tierras y mar al sur del paralelo 60.
Mientras, los investigadores escrutan
las entrañas de la fiera que duerme en el volcán, cuyas
últimas erupciones en 1969 y 1970 se llevaron por delante
instalaciones chilenas y británicas en otros puntos de la isla.
Toda la dotación de la base dispone de un equipo personal de emergencia,
con dólares, pasaporte, billetes de avión y ropa seca por
si hubiera que salir con prisas. Más que a los estallidos del volcán
temen fuegos más prosaicos. "Lo peor que le puede pasar a una base
antártica es un incendio que te deje sin grupos generadores", explica
el brigada José Luis Ruano, mecánico, que evoca los apuros
de la Juan Carlos I en la campaña 94/95.
Luego hay catástrofes menores. "Estos
últimos días han sido terribles, con el tabaco racionado
hasta que han llegado los barcos con 'suministro", cuenta con ansiosas
caladas el brigada Francisco Vaquerizo.
Privilegiados
La lejanía de los suyos la combaten con
un despliegue de nuevas tecnologías: correo electrónico,
teléfono satélite e incluso videoconferencias con España
para aliviar las ausencias en Navidad.
A cambio de la dureza del entorno y la distancia
de casa, "tenemos el mirador más bonito del mundo", coinciden los
jefes de las dos bases españolas. Enfrente, en efecto, las imágenes
semejan postales: pingüinos como peluches que miran sin temor al intruso
y le escupen, pobres, si se sienten agobiados; bahías de hielo perpetuo;
lobos marinos defendiendo su espacio a dentelladas en la playa negra de
Decepción.
La mayoría de los componentes
de las bases no repetirá, pero se saben privilegiados. Por lo que
han visto y han vivido. "Yo no cambio un cigarrro compartido con
los compañeros, de noche aquí en el mirador, por todos los
cartones que me he fumado en mi vida", dice Vaquerizo envuelto en humo.
Llega el momento de recoger los enseres,
cargarlos en el 'Hespérides' y el 'Las Palmas', arriar la bandera
y echar el candado a las instalaciones. Flojito, por si algún
náufrago ocasional necesitara echar mano de los víveres enlatados
que se dejan aquí, en la mejor nevera del mundo. No sería
la primera vez que a la vuelta del invierno austral las bases españolas
encuentran notas de gratitud de navegantes en dificultades. En el último
sur, a miles de kilómetros de ninguna parte, "uno está obligado
a la solidaridad", concluye Luis Oraá. Aunque sólo
sea para no desmerecer de los pingüinos.

Científicos
descubren 15 nuevas especies en zona antártica afectada deshielo
Los científicos han descubierto hasta
quince nuevas especies marinas visibles al ojo humano en el inmenso fondo
marino que ha dejado al descubierto la ruptura de las gigantescas capas
de hielo Larsen A y B, en el Antártico, que han cubierto durante
miles de años esta extensa porción oceánica.
Mayo 2007.- El rompehielos 'Polarsten', capitaneado
por medio centenar de investigadores de catorce países, ha sido
el primero en adentrarse en los fondos desconocidos y virginales del mar
de Weddell, donde en los últimos años se han desprendido
unos 10.000 kilómetros cuadrados de placas de hielo a causa del
cambio climático.
Este proyecto, que se ha desarrollado entre finales
de 2006 y principios de este año, supone la primera de las expediciones
que se llevan a cabo dentro del programa internacional Censo de la Vida
Marina Antártica, y ya ha permitido constatar los cambios que el
calentamiento global está provocando en los ecosistemas marinos
del océano antártico.
El coordinador internacional de este programa,
el escocés Michael Stoddart, explicó a Efe que sólo
en los poco más de dos meses que ha durado la expedición
se han descubierto quince nuevas especies, en su mayoría crustáceos,
como gambas gigantes, medusas o anémonas de mar, y centenares de
organismos microscópicos.
Stoddart, que además es responsable científico
del Programa Antártico Australiano, comentó que el 'Polarsten'
volverá a surcar el mar de Weddell el próximo mes de noviembre
en una nueva expedición que, asegura, 'permitirá encontrar
más especies nuevas' en esta zona hasta ahora desconocida.
Pero el calentamiento global, además del
colapso de viejas placas de hielo, como la Larsen B, con 12.000 años
de antigüedad, está provocando cambios en los hábitats
marinos, de manera que se han localizado animales y plantas que, hasta
ahora, sólo se habían visto en aguas más cálidas.
Las consecuencias del calentamiento global son
sin duda más manifiestas en los animales que viven en la superficie
antártica, como los pingüinos, que, según se ha advertido,
se están desplazando hacia el sur en busca de tierras y aguas más
frías.
De hecho, en el caso de los denominados pingüinos
de Adelia, una especie de pequeño tamaño, cuerpo negro y
ojos blancos, se ha observado que se reproducen en zonas diferentes, puesto
que se mueven en búsqueda de zonas con hielo, así como fluctuaciones
apreciables en su población, hasta ahora una de las más densas
de las distintas especies de pingüinos.
'El calentamiento repercutirá de manera
muy negativa en los animales del Antártico, pero las especies se
adaptan a los cambios, siempre que tengan alimentos, y en el caso de los
pingüinos, éstos se alimentan básicamente de kril, y
no se espera que vayan a desaparecer', indicó el experto escocés.
En cualquier caso, Stoddart consideró
que las consecuencias del cambio climático no serán tan dramáticas
en el Antártico como en el Artico, donde según algunos científicos,
como el oceanógrafo alemán Eberhard Fahrbach, el hielo podría
desaparecer durante las épocas de verano a partir del año
2080.
En el Antártico, afirma Stoddart, los
cambios afectarán en mayor medida a las zonas costeras que a las
situadas más al sur, provocarán más desprendimientos
de capas de hielo, y éstas se irán hacia el mar más
rápidamente.
A diferencia de otros científicos, Stoddart
no se muestra alarmista por los efectos del cambio climático. Tampoco
cree que se deba ser optimista, sino simplemente realista, proporcionando
a la ciudadanía una información veraz de lo que está
pasando, porque 'así lo desconocido no resulta tan amenazador',
subraya el científico.
Michael Stoddart visitó recientemente
Barcelona, invitado por la Fundación Caixa Catalunya, para hablar
de la vida en los mares polares, en el marco de actividades organizadas
con motivo del Año Polar Internacional.
El deshielo
de la Antártida se acelera
Los glaciares pierden 1,2 metros de grosor al
año de media, lo que eleva progresivamente el nivel del mar
JULIO ARRIETA/ Ideal
La plataforma de hielo de la región occidental
de la Antártida pierde grosor cada vez más rápido,
según un estudio realizado por científicos estadounidenses
y chilenos que publica hoy la revista 'Science'. Los expertos han comprobado
que media docena de glaciares que desembocan en el mar de Amundsen descargan
más hielo en el océano del que reciben a través de
la nieve. El grosor de estas formaciones se reduce una media de 1,2 metros
por año a lo largo de entre 100 y 300 kilómetros tierra adentro.
La principal consecuencia de este fenómeno es que el nivel del mar
está aumentando a un ritmo anual de 0,2 milímetros.
Esta noticia llega espués de que la NASA
diera a conocer los resultados de una investigación propia que demostraba
la relación existente entre el calentamiento global, los deshielos
polares y el aumento del nivel del mar. Tras estudiar la desaparición
de los glaciares del mar de Wedell, también en la Antártida,
y comprobar que habían perdido 38 metros de altura tras el desprendimiento
de la gran plataforma de hielo Larsen B en 2002, la agencia espacial estadounidense
advertía de que este fenómeno puede tener consecuencias desastrosas
en varias zonas del planeta. El estudio que ve hoy la luz a través
de 'Science' está coordinado por Robert Thomas, especialista en
glaciares de la EG&G, una empresa que depende de la NASA. Este glaciólogo
y su equipo, del que forman parte técnicos chilenos del Centro de
Estudios Científicos en Valdivia, han medido los cambios sufridos
por seis glaciares de la costa oeste de la Antártida durante los
últimos 15 años. Para ello, han utilizado satélites
equipados con sistemas de radar y altímetros láser y un avión
P-3 de la Armada chilena dotado con un dispositivo de sensores fabricados
por la NASA. Thomas y sus colaboradores han realizado cuatro vuelos a lo
largo de 3.500 kilómetros de frentes helados midiendo su profundidad
mediante radares especiales para penetrar el hielo. Los glaciares observados
han sido Isla de Pinos, Thwaites, Haynes, Pope, Smith y Kohler.
Las conclusiones son que el deshielo de las seis
formaciones se ha acelerado, su grosor ha disminuido y la línea
de costa que forman sus frentes ha retrocedido. Un panorama que, según
comenta el glaciólogo Richard Alley, de la Universidad de Pennsylvania,
no debe interpretarse como «un colapso de la plataforma de hielo
de la Antártida occidental», aunque éste «podría
llegar a producirse». Alley alerta de que estos datos deberían
ser «el aviso para que la comunidad científica se tome en
serio todo esto».
Los seis neveros observados por los científicos
descargan al océano 250 kilómetros cúbicos de hielo
al año en forma de icebergs. Esta cantidad es un 60% mayor que la
que reciben los propios glaciares a través de las precipitaciones
meteorológicas. Es decir, aportan al mar más hielo del que
obtienen de la atmósfera, por lo que su grosor se reduce. Esta tasa
de deshielo es suficiente para elevar el nivel del mar a un ritmo de 0,2
milímetros al año. La cifra puede parecer insignificante,
pero la impresión cambia al comprobar que ese aumento, registrado
entre 2002 y 2003, es mucho mayor que el observado durante toda la década
de los 90. La pérdida de altura de los glaciares dobla ahora las
medidas tomadas entre 1992 y 1999. Cada formación pierde 1,2 metros
de grosor al año de media, con máximos de hasta 5 metros.
Los datos indican que a medida que se ha reducido
la altura de los glaciares, su velocidad ha aumentado. Esta aceleración
ha sido de un 3,5% entre 2001 y 2003, lo que significa que es un 25% mayor
respecto a los registros realizados a mediados de los años 70. Los
expertos aseguran que no hay forma de comprobar si esta aceleración
va a aumentar, a mantenerse o a remitir.
Más que en Groenlandia
Thomas y sus colaboradores advierten de que el
volumen de hielo descargado en el mar de Amundsen supera con mucho el calculado
para toda la Antártida y el aporte de los glaciares de Groenlandia,
cuyo deshielo también ha sido comprobado por los científicos.
El artículo de 'Science' señala otro descubrimiento debido
a la mayor precisión del equipamiento utilizado en esta investigación
en relación con el usado hasta ahora. Los geólogos han comprobado
que el lecho de roca sobre el que fluyen estas grandes masas heladas está
a una profundidad muy por debajo de la supuesta hasta ahora. En el caso
del glaciar de Isla de Pinos, la base rocosa se encuentra una media de
400 metros por debajo de lo previsto.
Este dato obligará a los expertos a revisar
los patrones de comportamiento de los glaciares. En muchos casos, la roca
base que soporta el frente de hielo se encuentra a un nivel mucho más
profundo que el propio mar. La consecuencia es que una cantidad de hielo
insospechada hasta ahora está en contacto con el agua. Al aumentar
la temperatura de ésta a causa del calentamiento, el glaciar se
vuelve más vulnerable.
EL
TURISMO AMENAZA LA ANTARTIDA
COLPISA, Arantza Prádanos.
Hay tres formas básicas de llegar a la
Antártida: embarcado en un proyecto científico de cualquiera
de los 26 países presentes en el continente blanco; cual émulo
temerario de los históricos héroes del Polo Sur (Amundsen,
Scott, Shackleton...), o previo pago de un millón y medio de pesetas
como turista de lujo. Aunque reciente y limitado por una naturaleza adversa
e imprevisible, el turismo en la Antártida es un hecho, y
va a más. La imprecisa regulación de estas actividades constituye,
según muchos expertos, una amenaza real para la conservación
medioambiental de determinadas áreas del territorio más austral
y virgen del mundo.
"Yo ya he viajado por todo el mundo..." Nicholas,
un septuagenario de Boston explicaba con sencillez que cuando uno tiene
muchos kilómetros a cuestas como viajero a destinos convencionales
y el dinero no es problema, la Antártida aparece como la meta más
lógica. Pasajero del 'Clipper Adventurer', el estadounidense compartía
con otros 60 ó 70 turistas más, hace apenas quince días,
el agua caliente que la actividad volcánica hace aflorar en algunos
puntos de Bahía Fumarolas, en Isla Decepción.
El 'Adventurer' es la última reencarnación
del navío ruso 'Alla Tarasova', que ha seguido la senda de otra
decena de buques rusos -oceanográficos unos, rompehielos del Norte
otros- reconvertidos en busca de negocio o víctimas de la debacle
económica de la antigua potencia. Forman parte de la creciente flota
de barcos dedicados al turismo antártico, que también integra
el 'Vistamar', de tripulación española pero al servicio de
una empresa radicada en Bremen (Alemania). Con el puerto argentino de Ushuaia
como base principal de operaciones, estos buques y otros de menor capacidad
son el principal medio de transporte para los 14.298 visitantes de los
hielos en 1999 y la cantidad similar registrada en el 2000, durante los
tres meses del verano austral; en su mayoría estadounidenses, alemanes,
y canadienses.
La cifra es ridícula comparada con
cualquier otro destino pero, desde que en 1958 el barco argentino 'Les
Eclaireurs' realizase un primer viaje de recreo, el turismo en la Antártida
crece en lenta e imparable progresión. De momento, lo frenan los
elementos: el viento, el hielo y los temporales en las peores aguas del
planeta dificultan cualquier programación y, a menudo, el recorrido
final de un crucero es la síntesis entre el itinerario inicialmente
previsto y lo que la meteorología permite hacer.
El otro factor disuasorio es el económico.
Las tarifas varían en función del tipo de barco, el recorrido
y la duración -de un mínimo de 10 días- pero el precio
suele oscilar entre las 80.000 y las 100.000 pesetas por persona y día,
sin contar el desplazamiento a y desde el puerto de referencia escogido.
Estas limitaciones, que mantienen razonablemente
a salvo los hielos australes, podrían venirse abajo si prosperan
los intentos de compañías argentinas y chilenas por hacer
regulares los hasta ahora esporádicos viajes combinados de avión
y barco, que permitirían trasladar mayor cantidad de gente, a precios
más baratos y a regiones antárticas aún al margen
del tráfico turístico.
Las más accesibles, como las islas Shetland
del Sur -entre ellas Livingston y Decepción, donde se encuentran
las bases antárticas españolas Juan Carlos I y Gabriel de
Castilla- sufren junto con la península antártica la
mayor presión turística (el 96 por ciento del total de visitas),
y sus colonias de pingüinos, lobos marinos y focas se ven afectados
por la afluencia de turistas, por más cuidadosos que éstos
sean. "Los animales se acaban acostumbrando a la presencia humana, y eso
no es bueno", precisa Jordi Sorribas, jefe de la Juan Carlos I.
Protección medioambiental
"El turismo no escapa a la protección
del medio ambiente, está también sometido a los mandatos
del Tratado Antártico y del Protocolo de Madrid, pero el problema
es que se concentra en los mismos sitios, y eso sí crea una presión
acumulativa sobre las colonias de animales, vegetación, el mar...".
Jerónimo López, secretario del Comité Polar Español
y presidente de los Programas Antárticos Españoles, cree
que la protección de la Antártida no pasa por una improbable
prohibición del tránsito turístico, sino por su regulación
rigurosa. Admite, no obstante, que el turismo es "uno de los puntos más
críticos" en el desarrollo de los acuerdos antárticos internacionales,
ya que la explotación mineral del subsuelo está prohibida
hasta el año 2041 y la pesca se rige por convenios de más
fácil control.
La Asociación Internacional de Tour
Operadores Antárticos (IAATO) agrupa desde 1991 a las principales
empresas de turismo antártico y participa, con voz pero sin voto,
en las reuniones de los miembros de pleno derecho del Tratado Antártico,
entre ellos España. Asume el mismo compromiso de limitar al máximo
el impacto de la presencia humana y sus efectos sobre el 'laboratorio'
menos contaminado del planeta, a incentivar la responsabilidad de los turistas
con la fauna y el medio ambiente.
Sin embargo, los mecanismos de control y vigilancia
son apenas testimoniales, y es difícil garantizar que estos barcos
-a diferencia, en general, de los barcos oficiales o científicos-
dispongan de sistemas eficaces de reciclado de residuos, de prevención
de riesgos de derrames de combustible; o, simplemente, que sean capaces
de limitar los efectos de centenares de turistas desembarcando al
tiempo en una bahía antártica.
El problema se agrava cuando los buques se amparan
en banderas de conveniencia de países que no son miembros del Tratado
Antártico y no están sujetos a la responsabilidad civil en
caso de accidentes con consecuencias medioambientales. "¿Qué
pasa en esos casos?, ¿quién repone?, ¿cómo
se paga todo eso?", se pregunta Jerónimo López. "Ese es un
tema en discusión y que afectará en el futuro, y mucho, a
las actividades turísticas, que tendrán que tener una cobertura
ante eventualidades de este tipo", explica.
No obstante, incluso las empresas turísticas
de algunos socios de pleno derecho del tratado se escudan en argucias formales
para esquivar las evaluaciones de impacto ambiental. Operadores con base
en Canadá "no se consideran sujetos a la regulación del Protocolo
de Madrid porque dicen que Canadá no lo ha ratificado todavía
y no tiene legislación nacional que requiera que los operadores
canadienses hagan una EIA previa para actividades dentro del área
del Tratado Antártico", según un estudio del Centro Superior
de Estudios de la Defensa Nacional (CESEDEN), del Ministerio español
de Defensa.
El Tratado y el Protocolo de Madrid protegen
mar y tierras al sur del paralelo 60 y consagran la Antártida
-más grande que Europa, incluida Rusia, y 28 veces el tamaño
de España- como "territorio de paz y ciencia". Obligan a no molestar
a los animales, ni alterar sus hábitos; a no dañar musgos
y líquenes, no introducir ni semillas foráneas ni mucho menos
especies animales ajenas a la fauna antártica. Los perros esquimales
que le dieron la victoria a Amundsen sobre Scott están hoy proscritos;
no se pueden coger piedras, ni tierra, ni las escasas especies vegetales;
y, a ser posible, uno debe pisar sobre la huella que otro viajero haya
dejado antes.
Aventureros sin fronteras
Además del simple turista, también
menudean en la Antártida diversos especímenes de deportistas
de riesgo y aventureros. El desafío de alcanzar el polo o cruzarlo,
o rodearlo con esquís, en trineo o en patinete, sigue atrayendo
a gente de variado pelaje, deseosa de añadir una muesca superflua
a la conquista histórica del Polo Sur o de probar sus límites
y capacidad de resistencia.
A principios de febrero, el buque oceanográfico
español 'Hespérides' intermedió en las labores de
rescate chileno-argentinas de un osado expedicionario australiano
que cayó en la grieta del glaciar que cruzaba en pos de quién
sabe que récord. Quedó suspendido del arnés durante
tres días, con la pelvis rota y la base del cráneo dañada
hasta que pudo ser rescatado en un momento de calma climatológica.
La pregunta es: ¿Quién paga el despliegue
logístico, quién se hace cargo, a quién se reclama
en caso de accidente? "El hecho de que la Antártida no sea de nadie
a veces resulta un inconveniente a estos efectos", apostilla Carlos Cordón,
comandante del 'Hespérides'.
Premio Príncipe de
Asturias de Cooperación Internacional
La Cooperación Internacional en la Antártida,
representada en el Comité Científico para la Investigación
en la Antártida, ha sido galardonada con el Premio Príncipe
de Asturias de Cooperación Internacional 2002
El Jurado del Premio Príncipe de Asturias
de Cooperación Internacional 2002 ha decidido conceder el Premio
Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2002 a
la Cooperación Internacional en la Antártida, representada
por el Comité Científico para la investigación en
la Antártida, órgano permanente del Tratado Antártico.
Este comité tiene su sede en Cambridge, Reino Unido.
El Tratado Internacional Antártico es uno
de los ejemplos más merecedores de universal reconocimiento en el
campo de la cooperación internacional. Suscrito inicialmente en
1958 por el Reino Unido, Francia, Argentina, Chile, Australia, Noruega
y Nueva Zelanda, se ha ido ampliando hasta su número actual de 45
firmantes entre los que se encuentra España, adherida en 1982. De
hecho, este instrumento internacional ha constituido un eficaz valladar
contra el posible peligro de confrontación en torno a su territorio.
Está basado precisamente en la congelación indefinida de
reclamaciones territoriales, en la desmilitarización del continente
y en su dedicación exclusiva a la investigación científica
continuada, responsable y enteramente transparente. Dentro del restringido
grupo de las "Partes Consultivas del Tratado" figura España, que
ha acreditado para ello su historial propio de investigación científica.
La Antártida es hoy, gracias a la protección
del Tratado, el único Continente desmilitarizado del mundo, sin
conflictos bélicos, limpio ambientalmente y dedicado con exclusividad
al estudio de la biosfera y al más profundo conocimiento de fenómenos
climáticos tan trascendentales como los bien conocidos de los fallos
en la capa de ozono, el llamado "efecto invernadero", etc. Es pues, la
Antártida, el gran puesto de vigilancia de presente y el futuro
del clima mundial.
En la Antártida, cuyas costas parece que
fueron avistadas por vez primera a principios del s. XVII por el marino
español Gabriel de Castilla, España posee dos estaciones
científicas, la "Juan Carlos I" y la "Gabriel de Castilla". Dos
navíos científicos españoles, el "Hespérides"
y el "Las Palmas", visitan constantemente ese territorio y sus mares en
campañas de estudio, cumpliendo así, junto a los esfuerzos
de todos los otros países firmantes, la común tarea de conocer
mejor y proteger el clima de la Tierra en que vivimos.
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